Cudillero

Reflejado en la ventana. Lo observo. Me fijo e intento recordar cada punto de su contorno y estructura. Últimamente no hago más que intentar elaborar imágenes mentales de todo lo que me rodea. Bien nítidas, bien claras. Así al estar lejos, cuando sienta la inevitable morriña, la incesante nostalgia, bastará con cerrar los ojos y recordar. Será mi ritual diario. Cada anochecer intentaré recorrer mi pueblo. Desde la lejanía. Perderme por sus estrechas callejuelas, subir y bajar las escaleras infinitas e irregulares, recorrer las características cuestas. Me sentaré en la ribera para que el sonido de mis olas y el olor a salitre me lleven de vuelta. Me bañaré en mi Cantábrico. Mi gran gran azul. Ese mar que me pertenece, en cierto modo, muchas de mis lágrimas han ido a parar a él. Pasearé por la calle principal, saludando a todo aquel del que me acuerde de manera continua, estableciendo lazos y conexiones entre cada persona y la siguiente. 

Cada día será diferente. Cada día habrá una persona a quien saludar. Cada día habrá un tiempo diferente. Unos días pasearé bajo un paraguas, otros… pensaré en un día de verano.

Y así iré haciendo cada noche. Intentando no olvidar el pueblo que me ha visto crecer y que ahora me dirá un adiós temporal. 

 

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