El Futuro,

Y sé muy bien que no estarás.
No estarás en la calle,
en el murmullo que brota de noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia
los completos de los subtes,
ni en los libros prestados
ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original
de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás
o en el color de un par de guantes
o una blusa.
Me enojaré amor mío,
sin que sea por ti,
y compraré bombones
pero no para ti,
me pararé en la esquina
a la que no vendrás,
y diré las palabras que se dicen
y comeré las cosas que se comen
y soñaré las cosas que se sueñan
y sé muy bien que no estarás,
ni aquí adentro, la cárcel
donde aún te retengo,
ni allí fuera, este río de calles
y de puentes.
No estarás para nada,
no serás ni recuerdo,
y cuando piense en ti
pensaré un pensamiento
que oscuramente
trata de acordarse de ti.
– Julio Cortázar

Travesías del alma

A lo largo de todo un año, he llegado a comprender realmente el significado de innumerables palabras, hechos y situaciones. De manera casi sutil, lenta y dulce he ido madurando (proceso el cual sigue en curso) y me he dado cuenta de todo aquello que pasaba desapercibido a mis sentidos.
En el amor, he llegado a respetar a la persona hasta ciertos niveles, he hecho locuras por una pareja y por lo que no lo era y hasta he llegado a tomar decisiones tan duras como lo son las paredes de mi corazón. Sinceramente, pensé haber estado equivocada cuando dejé una vida atrás, cuando rompí un corazón y cuando decidí pensar solo en una persona, yo. Resultó ser que al final, tiempo al tiempo, he entendido que ha sido lo correcto, no lo solo para mí, también para él. Yo he sido tan importante para él, como él para mi, pero no soy la definitiva ni creo serlo. El destino baraja y juega sus cartas según su propio criterio, separando dos vidas, dos caminos en mi caso. He luchado contra ello lo incontable, lo insuperable, pero yo… haciendo de mi propia Moira he decidido cortar el hilo que nos unía, barajando mi destino, según yo he creído conveniente.
Así es que madurando, he sabido mirar (a largo plazo) por la felicidad de una persona a la que he amado con todo mi corazón.

En tantos meses, he comprendido lo que es la verdadera amistad… esa que se demuestra hasta en las situaciones más extremas, esa que se demuestra en la distancia; no estando todos los día (OJO), estando en los momentos esenciales. He descubierto como la palabra convivencia resulta más compleja de lo pensado. Un hecho que va más allá de vivir con padres, hermanos, abuelos o tíos. Un hecho que cruza la línea entre amistad y familia y que no se aleja mucho de la tolerancia.

En cuanto a las relaciones, he sabido decidir que está bien y que no, que me puede aportar una persona y que puede quitarme, y es en este punto donde más he crecido. He conocido todo tipo de gente: gente buena con buen corazón que supone un tesoro en la vida y que no se puede perder; gente buena sin más, personas que tan pronto pueden darte la luna como una puñalada por la espalda; gente buena con algún secreto oculto ocasionado por traumas y traiciones; malas situaciones en las que han salido perdiendo y que por tanto actúan con cautela, dándote cierta confianza insegura que probablemente en algún momento te sea retirada. Gente buena con la misma raíz que la anterior que solo busca hacerte daño a ti, por ser quien eres, por ser como eres y que no te dejan brillar. Gente mala… gente mala y muy mala, gente cuyo único objetivo es pisotearte, humillarte, tirarte al suelo y mofarse de tu caída. Cuidado, he aprendido a tener mucho cuidado con estos últimos, porque su éxito… verdaderamente no está en provocar tu caída, su éxito es evitar que puedas levantarte.
Generalmente hay que tener especial cuidado con todas ellas, incluidas las buenas, nunca sabes lo voluble que pueden ser la razón y el corazón de las personas.
No me gusta poner etiquetas a la gente, pero si se quiere ir con cautela, no queda otra que hacerlo.

Ahora mismo, vuelvo a buscar la felicidad, hay aspectos en los que la he conseguido, otros en los que estoy en camino y otros en los que tengo que trabajar algo más. Un ejemplo de lo último, relaciones personales (amor, básicamente). He sacrificado una “estabilidad” por la libertad. Soy feliz siendo libre, sí, claro que sí, pero la felicidad de ser libre no se compensa (al menos hoy) con estar sola, dubitativa, rayada, desesperada o impaciente.
No sé si es para considerarme afortunada o lo contrario, pero a mi alrededor se podría hablar metafóricamente de un jardín lleno de flores (INCISO: ESPERO QUE ENTENDÁIS LA METÁFORA), concretamente entre 10 y 15 flores – ya sé que son muchas, sí-.
De esas 15 vamos a decir que… existen tres, demasiado bellas. Estas tres… son rosas, nos gustan, nos entran por la vista, nos encanta su olor y no nos cansamos de observarlas, nos embellecen el jardín, pero ojo porque tienen unas espinas que nos dificultan el poder cogerlas, que nos impiden hacerlas nuestras. Existen unas… 7 flores que no disgustan a la vista, que carecen de olor o huelen muy poco y que dan gracia al jardín, colaboran a hacerlo más bonito, pero ellas solas (a diferencia de las 3 rosas) no pueden dar la misma imagen que las anteriores. Estas siete flores, son flores de campo, margaritas, amapolas, dientes de león… podemos cogerlas, arrancar sus pétalos, pedir deseos con ellas… pero desgraciadamente no van a cumplirse porque estas flores no tienen tanta fuerza como para eso. Por último, en todo jardín hay hierbas, buenas y malas, pero hierbas, que llaman la atención por su vivo color verde característico, bonito (no para todo el mundo, pero sí para mí). Sin embargo… mi jardín no puede contentarse con el color de la hierba ni con su olor cuando se corta… y mucho menos puede contentarse con plantas como ortigas y cardos. Estas últimas plantas, por bonitas que sean para algunos ojos… no pueden hacerme feliz como otras y no pueden llamarme la atención.
Tengo demasiadas flores, es decir, hay demasiados chicos en los que centrarse. Si quiero puedo tener cualquier flor, puedo pincharme, sacrificarme y sufrir por una rosa, puedo contentarme con una margarita hasta cierto tiempo y hasta puedo contentarme con la hierba, pero… no puedo contentarme  con algo que realmente no me gusta tanto. No puedo tener nada con un chico que no me guste, ni con un chico que no me importe, ni con un chico que no vea como algo más. Así estamos, contemplando todos los días un jardín repleto de flores de todos los tipos, poniendo los ojos y el cariño en todas y cada una de ellas… a sabiendas de que después de una helada, solo amanecería preocupándome de tres rosas.

Marina Granda Marqués.